Llevo más de 10 años hablando de equidad de género. Con el tiempo, también se han sumado las conversaciones sobre diversidad e inclusión. No es casualidad: hace 12 años que trabajo en este terreno, y ha sido un viaje tan desafiante como transformador. Más de una vez, colegas —con genuina curiosidad— me han preguntado cómo es que un hombre terminó involucrado en estos temas. Lo hacen con sorpresa, a veces con simpatía y, en otras ocasiones, con escepticismo. Y lo entiendo, porque en un mundo donde estas conversaciones a menudo se etiquetan como «moda pasajera» y, ante la tendencia anti-woke, seguir insistiendo puede parecer extraño. Hoy quiero compartir con ustedes, no solo para contar por qué sigo hablando de esto, sino también para abrir un espacio distinto: uno en el que podamos ver que la equidad de género no es un tema “de mujeres”, ni una consigna corporativa más. Es una conversación humana y profunda que nos transforma a todos. Aquí, mi perspectiva.
Mi propia historia
Fui el menor de tres hermanos en un hogar exclusivamente masculino, pero el mundo en el que crecí dio un giro radical cuando, en mi vida adulta, me convertí en el padre de dos niñas. Estudié psicología, una carrera tradicionalmente elegida por mujeres en mi país, Colombia, y me vi rodeado de compañeras de estudio. Más adelante, ingresé al mundo de los recursos humanos, el cual, nuevamente, resultó tener una mayor presencia femenina, lleno de montones de mujeres que me superan en profesionalismo y credibilidad. Recuerdo que, cuando era joven y buscaba trabajo, me encontré con muchos anuncios que pedían “psicóloga”, negándome casi desde un inicio la oportunidad de postular. Lamentablemente, aun hoy persiste la tendencia inversa en la búsqueda de «ingenieros» o «directores», convocando solo a hombres. Yo creo en un mundo de igualdad de oportunidades para hombres y mujeres, para psicólogos como yo y, también, para médicas, como mi hija Sofía. Creo en un futuro más equitativo que beneficie tanto a mis hijas como a mí. ¿Quién dijo que la equidad de género no nos favorece también a los hombres?
El lado humano
He desarrollado una carrera en el ámbito del desarrollo humano y me enorgullece poner mi vocación de servicio al bienestar de los demás. Me formé como psicólogo y coach, lo que me permitió fortalecer habilidades como la empatía, la escucha activa, la colaboración, la conexión emocional, la comunicación asertiva y la intuición, entre otras. Con el tiempo, descubrí que todas estas competencias son fundamentales para cualquier líder, vendedor, empresario o profesional. En más de una ocasión, alguien me ha dicho, como un cumplido, “tienes muy desarrollado tu lado femenino”. Siempre respondo con una sonrisa y aclaro: ¿acaso no es, en realidad, mi lado humano? Estoy convencido de que estas habilidades son inherentes a todos y todas, y que, tanto hombres como mujeres, podemos cultivarlas para enriquecer nuestras relaciones y alcanzar el éxito profesional. Conozco a muchísimos hombres en roles muy diversos que han sabido desarrollar esta dimensión, y por ello me atrevo a contradecir a Shakira: “las mujeres no son las de la intuición”, la intuición es humana, y ser empático y colaborador es, sencillamente, ser humano.
Vivir más
Es un hecho que los hombres vivimos menos que las mujeres. Factores biológicos, como el efecto protector de los estrógenos y ciertos riesgos asociados a la testosterona, juegan un papel importante, pero estoy convencido de que los factores socioculturales inculcados desde la crianza también inciden en ello. Hemos crecido con un modelo de masculinidad que fomenta el consumo excesivo de alcohol, el descuido de la salud, la represión de emociones y la adopción de conductas violentas o de riesgo. Desde 2017, he impartido talleres sobre el rol del hombre y su masculinidad, y al preguntar a hombres de diversas edades, regiones y nacionalidades qué conductas consideran masculinas, he observado respuestas que incluyen fumar, beber alcohol, ser fuerte, pelear, no pedir ayuda, asumir riesgos, no llorar, además de la promiscuidad y el descuido por la apariencia y salud. Estas conductas, lamentablemente, son premiadas en muchos entornos. Para añadir a esto, diversos estudios muestran que la tasa de suicidio entre hombres es de tres a cuatro veces mayor que la de las mujeres, lo que evidencia la urgencia de replantear nuestros modelos de masculinidad. Se estima que los hombres trabajan, en promedio, 5 años más (considerando la edad de pensión) y enfrentar la transición a la jubilación sin una identidad clara resulta particularmente desafiante. Mientras algunas mujeres disfrutan roles tradicionales en la etapa de retiro—como cuidar a sus nietos o participar en actividades sociales—muchos hombres se sienten perdidos al no encontrar un propósito más allá de lo laboral. Yo mismo, a pesar de estar lejos de la edad de pensión, me he cuestionado: al entrar en una etapa de transición laboral, ¿quién soy?
Más conversaciones, menos carga
Estoy convencido de que un mundo con mayor equidad de género posibilitará nuevas conversaciones, sin que ello nos haga perder la esencia de ser hombres. Es imperativo que los hombres adultos conversemos más sobre nuestras cargas, que expresemos nuestras emociones y que hablemos de lo que nos preocupa. Y si no se tiene pareja, siempre es posible hacerlo con un amigo o amiga. Hoy se valora más la vulnerabilidad y abandonar la idea de ser completamente autosuficientes es fundamental. Nos enseñaron que ser independientes y no pedir ayuda es «de hombres», pero si no aprendemos a pedir ayuda, corremos el riesgo de que nuestra salud mental se deteriore—recordemos que la tasa de suicidio masculina supera con creces la femenina. Personalmente, he ido dando pasos importantes en este camino, aunque reconozco que aún me cuesta pedir un favor.
“Ayudar” en la casa, “Ayudar” con los gastos
Durante la pandemia, la ciudad de Bogotá impulsó la medida “pico y género”, en la que hombres y mujeres alternaban las tareas de hacer compras durante el confinamiento. Vi una avalancha de memes en redes sociales en los que se ridiculizaba la supuesta ineptitud masculina para comprar productos del hogar, comparando inclusive los tiempos promedio entre ambos géneros, con resultados desafortunados. Yo, que en ese entonces vivía solo, me sentí ofendido en mi ego, ya que yo era la única opción en mi hogar para hacer el mercado. Lo que más me llamó la atención fue que, a menudo, las mismas mujeres ratificaban que los hombres no eran buenos para ello, y preferían encargarse ellas. Conozco a una amiga que, en tono de broma, saca a su esposo de la cocina porque lo considera “inútil”, a pesar de sus buenas intenciones. La realidad es que, en la mayoría de los hogares, el trabajo no remunerado—refiriéndonos a las labores domésticas y al cuidado de niños y ancianos—sigue siendo realizado casi en su totalidad por mujeres. Aunque esperaba que durante el confinamiento esta situación cambiara, no fue así. Las mujeres se han integrado con fuerza al mundo laboral, pero jamás alcanzaremos una verdadera equidad si en casa no se comparten las responsabilidades. No quiero un futuro en el que mis hijas tengan que trabajar más duro que sus parejas, sumando las horas de oficina y domésticas. Sé que existe una queja recurrente, a menudo con tintes feministas, en la que se afirma que “los hombres no ayudan con las tareas”, sino que es su responsabilidad, y, es cierto, en un país donde además muchas mujeres no solo “ayudan” con los gastos ya que son el único ingreso de su hogar. Tengo fe en que, al comenzar a vivir en pareja, cada uno decida de forma conjunta la división de responsabilidades, tanto en las tareas domésticas como en la administración de los gastos. Les animo a todos—hombres y mujeres—a fomentar estas conversaciones en casa, en el trabajo y en cada espacio en el que transitamos.
El derecho al bienestar
Hace algunos años, en la compañía en la que trabajaba, descubrimos a través de un análisis sobre el uso de los beneficios flexibles de tiempo y bienestar por género que el segmento de hombres (especialmente aquellos en posiciones de liderazgo) utilizaba en menor medida el portafolio diseñado para todos. Me preguntaba si acaso todos no éramos seres humanos con la misma necesidad de descanso y el mismo anhelo de disfrutar de las cosas lindas de la vida. En los últimos años he disfrutado del auge de las barberías en mi país, no solo porque cada vez más hombres llevamos barba, sino porque se han convertido en un espacio de relajamiento donde nos ofrecen una bebida, mascarillas y masajes; y me llena de orgullo ver cómo cada vez más hombres acuden sin temor a ser juzgados por perder el tiempo o por cuestionar antiguos estereotipos de masculinidad. La apertura en equidad de género ha permitido que participemos en espacios antes considerados «femeninos»: cursos de cocina, clases de baile, de canto o cualquier otro hobby que podamos compartir en pareja o disfrutar de manera individual. En uno de mis talleres para hombres, pregunté qué actividades tradicionalmente asociadas con lo femenino disfrutaban, y muchos mencionaron cocinar, lavar platos, peinar a sus hijas e incluso, de manera inesperada, uno me comentó que sabía hacer la técnica de depilación con hilo (algo que, según cuenta, le enseñó su esposa). El mensaje es claro: hoy podemos pensar que todos los hobbies y cualquier actividad de bienestar también son para nosotros, sin que eso nos reste ni un gramo de masculinidad.
Olores, colores y sabores sin género
Recuerdo que, cuando mis hijas eran pequeñas, llegué a casa tras una jornada en la oficina durante la cual asistí a una feria comercial y había comprado una crema para regalar a mi suegra. Una de mis hijas me soltó: “¡Papá, hueles a mujer!”, y tuve que admitir que, al aplicarme un poco de crema de manos en el brazo, el aroma era a mango, una fruta, no a mujer. Curiosamente, mientras los perfumes con notas afrutadas se consideran femeninos, los aromas a madera o cítricos se asocian con lo masculino. De igual forma, muchas veces se presume que el color rosa es exclusivo para niñas, aunque hoy en día cada vez es más común ver a hombres luciendo una camisa rosa sin problema alguno. Me gusta pensar que los colores, olores y sabores no tienen género, y que podemos elegir lo que nos guste, ya sea una chaqueta fucsia o disfrutar de un cóctel dulce, sin temor a que nos cataloguen de “para nenas”.
El Rol del Padre
Unos meses antes de que naciera mi hija menor, y con el ánimo de prepararme mejor para la paternidad, leí con entusiasmo El rol del Padre de Kyle D. Pruett, una lectura que recomiendo tanto a futuros padres como a madres. En sus páginas aprendí que, para ejercer la paternidad de manera plena, es imprescindible pasar tiempo a solas con cada uno de nuestros hijos e hijas, sin la presencia de la mamá. En ese espacio se forja un vínculo único y profundo. Confieso que, en ese entonces, resultó todo un reto porque ni siquiera existían baños familiares en los centros comerciales; tuve que asumir el desafío de cambiar pañales de bebés (que eran niñas) en el baño de hombres. Hoy, ese tiempo exclusivo con mis hijas se ha convertido en mi refugio, un espacio que me devuelve sonrisas y equilibrio en momentos de angustia. La paternidad es, para mí, un regalo y un deber que todo hombre afortunado debe asumir. Recuerdo a una colega que dice que “no le presta” a su esposo a sus hijos para que compartan tiempo juntos o para que los bañe y vista; siempre pienso: ¿no son hijos de ambos? Una paternidad activa no solo beneficia al padre, sino que también impulsa la carrera de la madre, y le otorga además tiempo para su propio bienestar. Mis recuerdos más dulces son esos momentos en que, siendo bebés, mis niñas siempre fueron bañadas en mis brazos en la ducha no en la tina, un acto que aún atesoro. Un dato curioso que me dejó el libro es que no existen personas que sean “padre” y “madre” a la vez; cada rol tiene su dimensión única, pero ambos se nutren mutuamente.
La masculinidad tóxica
Vi el documental de Netflix The Mask You Live In, que examina cómo los rígidos estereotipos de la masculinidad obligan a niños y adolescentes a reprimir sus sentimientos y ajustarse a patrones de comportamiento perjudiciales, llevándolos en ocasiones a la depresión, el suicidio o incluso a la violencia. Quedé profundamente impactado y recomiendo este documental a todos los padres y madres de adolescentes varones. Además, recientemente leí que en algunos países de América Latina, estudios han evidenciado que hasta un 30% de los hombres manifiestan posturas antifeministas, lo cual se suma a la inquietud sobre el incremento de la violencia de género y feminicidios. Como padre de hijas, no me siento tranquilo al saber que ellas circulan solas por la calle. Insisto: es imprescindible seguir conversando sobre estos temas—en casa, en los colegios y en las empresas—para construir un mundo mejor.
Violencia contra el colectivo LGBT
Me espantó el brutal asesinato de Sara Millerey , en Colombia—fue golpeada, torturada y arrojada a una quebrada, y las imágenes del ataque se viralizaron en redes sociales—, lo cual resalta la alarmante tendencia de homicidios que impacta a la comunidad trans. Me indigna vivir en un mundo en el que se recompensa, o incluso se banaliza, actitudes machistas y se castiga lo que se asocia con la feminidad, y en especial cuando se manifiesta en hombres. Diversos estudios indican que la tasa de suicidio en hombres gays puede ser hasta cuatro veces mayor que en hombres heterosexuales, atribuible a la violencia, el bullying, la discriminación y la enorme presión social derivada del estigma. Trabajar en equidad de género e inclusión, para mí, no solo es igualar oportunidades, sino cumplir la misión de crear entornos donde más gente sea feliz y menos vidas se pierdan por la violencia. Y si , también hablo de equidad de género, y alzo mi voz por todo el colectivo LGBT del mundo.
Menos mujeres “santas”, más ingenieras
Recuerdo, cuando era adolescente, a algunos compañeros que elogiaban a sus madres llamándolas “santas” por ser capaces de aguantar infidelidades y maltratos de sus parejas. Soy padre de hijas y esa vivencia me ha dado una perspectiva muy personal: no quiero que a mis hijas se sean ese tipo de “santas. La realidad es que a menudo la sociedad les exige a ellas belleza y buen comportamiento por encima de la inteligencia y la valentía. Los hombres nacemos con ciertos privilegios y rara vez se nos culpa por promiscuos, agresivos o feos, mientras que a las mujeres se les juzga con severidad. Quiero que mis hijas sean valientes, que tomen decisiones y que se defiendan ante situaciones injustas. Recuerdo una anécdota: en mis días de trabajo en donde usábamos corbata, una vez la manché durante el almuerzo y, al notar la mancha, una colega comentó: “usted parece que no tuviera mujer”. Yo pensé ¡Qué comentario tan absurdo! No entiendo por qué se espera que una mujer sea responsable del más mínimo detalle de la imagen de su pareja. Aspiro a un mundo en el que ellas tengan las mismas oportunidades para formarse, se ocupen de su carrera y no de las manchas en la ropa de sus maridos, se desarrollen profesionalmente y ganen lo mismo que un hombre, sin tener que soportar el mansplaining o sean juzgadas por cada aspecto de su conducta. Durante mi paso por Telefónica, implementamos el programa FUTURA, destinado a nutrir aprendizajes para mujeres y otro para fomentar su inserción en el mundo tecnológico y más mujeres se interesen en la ingeniería. Hoy que todas sigan el camino que quieran seguir sin ser juzgadas, es un deseo que hoy extiendo a todas mis amigas, colegas y a cada mujer que lea este texto.
Mi mamá
Se acerca el Día de la Madre y, a escasos tres meses de graduarme de bachiller, perdí a la mía cuando aún era menor de edad. Siempre la recordé como una mujer dulce, firme, amorosa y trabajadora (llegó a trabajar hasta el mes antes de fallecer, siendo aún muy joven, casi de mi edad). Quizás, de una forma romántica, si aún me quedan motivos para insistir en que los hombres debemos hablar de equidad de género, es por el deseo profundo de construir un mundo mejor para nuestras madres. Espero, dondequiera que esté, que se sienta orgullosa de mí por haber alzado la voz a favor de las mujeres en foros, paneles, videos, clases y, sobre todo, en casa, al criar a mis hijas. Estoy convencido de que cada hombre puede hacer algo especial por su madre en vida.
Creo que la equidad de género nos conviene a todos. Si hay equidad en el hogar, habrá equidad en el trabajo. Imaginemos un mundo en el que las mujeres ganen lo mismo que sus colegas hombres y los hombres vivan tanto como las mujeres. Un mundo donde las mujeres no teman a la violencia y donde los hombres tengan el valor de buscar bienestar y cuidar su salud mental. Además, se trataría de un mundo en el que todos somos auténticos, viviendo lo que realmente somos y lo que nos apasiona, sin caer en etiquetas rígidas de «masculino» o «femenino».
Por eso hablo de esto y alzaré mi voz siempre que pueda. He colaborado con quienes me han abierto las puertas desde el mundo corporativo y ahora fuera de él, para co-construir este mundo, y seguiré apoyando un universo en el que hombres y mujeres, independientemente de su género, orientación sexual, identidad de género y otras variables, puedan ser quienes desean ser, sin temores ni acoso.
Acerca de mí
Tras haber trabajado más de 20 años como HRBP y Gerente de diversas áreas de Recursos Humanos, en el grupo Telefónica, estoy aportando al mundo desde otro lugar. Te acompaño a construir sociedad más inclusiva y humana, un mejor lugar para trabajar y una mejor versión de tí como líder.
Ver referencia